Los Islamófobos tenían razón



En las pasadas elecciones municipales del 5 de mayo en Reino Unido, los islamistas entraron por primera vez en las instituciones gubernamentales británicas, consiguiendo alcaldías en ciudades como Bradford, Leeds, Blackburn o Luton. Mientras tanto, Sadiq Khan sigue en su puesto como alcalde de Londres. Tras años de presencia en Reino Unido, los islamistas ya han conseguido organizarse y pasar a la acción, por lo que según algunos análisis más pesimistas, esto puede repercutir enormemente en otros países europeos como Francia, Bélgica, Alemania o Suecia en menos de 20 años.

No, esto no es la sinopsis de Sumisión de Michel Houellebecq ni ninguna novela de ciencia ficción distópica. Es la pura realidad. La cruel realidad. Y quien diga lo contrario, es que vive en los mundos de la piruleta. La cuestión es que los islamistas han empezado a ganar poder político, ya sea como candidatos independientes (como hizo Ridwan Saleem en Bradford, donde desplazó en número de votos al partido Laborista), como en partidos políticos con programas basados en la identidad islámica (aunque muchos de estos estén ilegalizados). O se insertan en partidos que defienden el multiculturalismo para luego escindirse de los mismos y trazar otra línea que tenga como base la doctrina política del Islam (en otras palabras, Islam político). 

La irrupción de los islamistas no ha sido una mera casualidad, sino que han influido el hecho de que pudiese penetrar entre los musulmanes residentes en Europa la ideología de grupos como los Hermanos Musulmanes. Y también el hecho de que países como Qatar, Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí inyecten grandes sumas de dinero a la construcción de mezquitas y centros culturales islámicos en diversos puntos del continente europeo. La Mezquita de la M-30 de Madrid es un buen ejemplo de ello. En estos lugares se difunde un discurso rigorista que entra en contradicción con los valores democráticos y humanistas más básicos. También se ha involucrado la demografía en el avance del Islam en las sociedades europeas, con altos índices de nacimientos dentro de este segmento poblacional y el aumento de la inmigración procedente de países de mayoría musulmana.


Y es que el Islam es mucho más que una religión. Es un estilo de vida que rige las normas a seguir en la vida cotidiana de todo creyente, donde se establece lo lícito y lo prohibido. Es decir, lo «halal» (lícito) y lo «haram» (prohibido). Pero también es un sistema de gobierno político con sus propias leyes y su ordenamiento jurídico, la Sharía o Ley Islámica. Y como se ha visto recientemente, esto puede poner en jaque la supervivencia de nuestro sistema democrático a corto y medio plazo. Es más, de hecho ya está sucediendo. Y esta sustitución por la sharía no se realizará de un día para otro, sino que se realizará de forma gradual y desmantelando de forma paulatina las instituciones gubernamentales de todo sistema democrático. Nuestros tribunales y jueces que actúan de forma imparcial bajo el imperio de la ley serán sustituidos poco a poco por un consejo de ulemas al más puro estilo Al Azhar, cuyos veredictos influyen en la creación de las leyes civiles, penales y administrativas del país. Siguiendo los preceptos del Corán y la Sunnah, que componen la base de la Sharía, en la práctica se impondrán leyes que vulneran los derechos de mujeres y niñas, personas LGBTIQ+ y otros grupos religiosos no musulmanes, ya sea de forma discreta o de forma explícita. Ejemplos de ello, y de lo más extremo, pueden ser el castigo a pedradas de la mujer adúltera, la ejecución de homosexuales «por conducta pecaminosa», la condena a muerte a los apóstatas, el reparto desigual de la herencia entre hombres y mujeres o considerar a la mujer como una eterna menor de edad tutelada por el varón, entre otras. Esto ocurre mayoritariamente en países como Afganistán, Pakistán, Yemen, Irán o Arabia Saudí. Pero en Europa ocurrirá si la población musulmana sobrepasa el 80% de la población. 

Así funciona el proceso gradual de islamización de la sociedad.

Oriana Fallaci ya nos advirtió de los peligros de este fenómeno hace ya 20 años en su célebre obra La Fuerza de la Razón, secuela de la exitosa La Rabia y el Orgullo (2002): «No me agrada decir que Troya arde en llamas, que Europa es ya una provincia, mejor dicho, una colonia del islam (...) Los musulmanes constituyen el grupo étnico y religioso más prolífico del mundo. Característica favorecida por la poligamia y por el hecho de que el Corán en una mujer ve ante todo un vientre para parir. Se corre peligro de muerte civil si se toca este argumento. [...]Avanza sin cimitarras, esta vez. Sin picas, sin banderas, sin caballos árabes. Pero los soldados que la componen son belicosos como su antepasados, es decir, los moros que hasta el siglo XV dominaron España y Portugal. Como sus antepasados ocupan nuestras ciudades, nuestras calles, nuestras casas, nuestras escuelas. Y a través de nuestra tecnología, nuestros ordenadores, nuestra Internet, nuestros teléfonos móviles se infiltran dentro de los ganglios de nuestra civilización. Preparan las futuras oleadas.». Está claro que el Islam no es una religión de paz, sino de conquista.

Y quienes avisamos del peligro inminente que implicaría la islamización de Europa, fuimos acusados de "racistas", "xenófobos", "fascistas", "sionistas" o, más comúnmente, "islamófobos". Todas estas calumnias sin fundamento alguno. Y ahora muchos se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena, oye chico. Y la cuestión no va sobre el color de piel ni con la nacionalidad. Es una cuestión de salvaguardar la laicidad del Estado y los derechos humanos (libertad, igualdad, justicia, pluralismo, solidaridad, etc.) como base de toda democracia. Y esto sirve tanto si uno se considera de izquierdas, de derechas, de centro, progresista, liberal, conservador, comunista, capitalista, socialdemócrata, etc. Durante años nos silenciaron y ahora muchos están despertando del largo sueño embrutecedor al que nos sometieron. El Islam puede acabar un día con nuestra cultura, nuestras costumbres y nuestra democracia si no se hace nada al respecto.

Y para quien se considere de izquierdas, como esta servidora, se necesita una mayor autocrítica y asumir que este erro nos va a perjudicar en un futuro no muy lejano. Porque podrían sufrir el mismo triste final que sufrió la izquierda iraní hace más de 40 años cuando Jomeini llegó al poder. Es hora de que muchos abran los ojos y dejen de tapar el sol con un dedo. Desengañaros, el Islam no es progresista ni feminista. Tampoco es revolucionario. Es una doctrina retrógrada que sustenta uno de los peores y más violentos patriarcados de coerción. Y es, si me permiten decirlo, incluso incompatible con los valores e ideas que siempre ha defendido la izquierda, como la igualdad, el laicismo, el feminismo, el antirracismo o los derechos LGBTIQ+. Pero nada, esta izquierda postmoderna woke, patética e infantil, a lo suyo. En nombre de la "diversidad", la "inclusión", la "tolerancia" o la "identidad", se permite que penetren prácticas aberrantes de otros contextos culturales haciéndolas pasar como "enriquecimiento cultural". En la cultura de Tik Tok y otras redes sociales, por desgracia, para quedar de los más molones y los más progresistas, se justifican discursos como el que se muestra en el siguiente vídeo, que bien podrían firmarlos Pilar Primo de Rivera. El invento del «feminismo islámico» ya es para dar de comer aparte.


 

Quizá sea muy políticamente incorrecto decir esto, pero no queda más remedio que dar la razón a los islamófobos. La islamización de Europa no es ningún mito ni ninguna conspiración. Es un hecho y lo que corroboró Fallaci a principios de los 2000 ahora cobra plena actualidad. Si los hubiésemos escuchado antes, no estaríamos en esta situación y nos concienciaríamos mejor.

Comentarios

Entradas populares